El espejismo de la revolución educativa y la realidad en las aulas

El mantra de nuestra era parece ineludible: “la inteligencia artificial lo cambia todo”. Sin embargo, al trasladar esta afirmación al ámbito de lo que las escuelas deberían enseñar, podría estar profundamente equivocada. De hecho, sería más justo decir que la IA, en lo sustancial, no cambia nada respecto a los fundamentos del aprendizaje, aunque su impacto en la economía y la fuerza laboral sea innegable. Constantemente somos bombardeados por empresarios tecnológicos y gurús educativos que insisten en que la “era de la IA” exige menos academia tradicional y un enfoque casi exclusivo en habilidades blandas como la resolución de problemas y la comunicación.

La obsesión por descartar el conocimiento

Organizaciones como el Foro Económico Mundial instan a los educadores a abandonar el “conocimiento especializado” para adoptar modelos centrados en “cómo pensar”. Figuras prominentes, desde Howard Gardner de Harvard hasta Sam Altman de OpenAI, sugieren que el futuro requerirá apenas unos años de lectura y cálculo, aconsejando a los estudiantes que se familiaricen profundamente con las herramientas tecnológicas. La premisa es que el conocimiento se ha convertido en una mercancía gratuita, disponible en cualquier dispositivo conectado a internet, eliminando la ventaja competitiva de saber más que el prójimo.

Sin embargo, quienes promueven estas “habilidades del siglo XXI” llevan décadas insistiendo en que es absurdo dedicar tiempo al contenido académico. Ya en 1918, expertos debatían qué necesitaban saber los estudiantes en la era de la industrialización, concluyendo que hacía falta menos literatura y más habilidades para la vida. Más tarde, en 1989, expertos laborales argumentaban en el Washington Post que era ridículo que los estudiantes diseccionaran ranas en biología cuando los trabajadores necesitaban dominar la tecnología digital. Irónicamente, en aquel entonces se elogiaban programas que enseñaban a usar faxes y fotocopiadoras, herramientas que hoy resultan obsoletas, demostrando la fragilidad de centrar la educación en la tecnología del momento en lugar de en conocimientos fundamentales.

La trinchera finlandesa contra la desinformación

Mientras en ciertos círculos académicos se debate la utilidad del conocimiento, en Finlandia la educación ha tomado un rumbo pragmático y urgente ante las amenazas digitales. Durante décadas, la nación nórdica ha integrado la alfabetización mediática en su currículo nacional, comenzando con niños de tan solo tres años. Este enfoque no busca reemplazar las materias tradicionales, sino robustecer la capacidad cívica de los ciudadanos para resistir la propaganda y las afirmaciones falsas, una necesidad exacerbada por su frontera de 1.340 kilómetros con Rusia.

Tras la invasión a gran escala de Ucrania y el aumento de las campañas de desinformación, los docentes finlandeses han recibido la tarea de añadir la alfabetización en inteligencia artificial a sus clases. En la Escuela Primaria Tapanila, al norte de Helsinki, los alumnos de cuarto básico no solo aprenden a leer titulares, sino que ahora se entrenan para detectar noticias falsas generadas por IA. Ville Vanhanen, profesor y subdirector, guía a estudiantes de diez años, como Ilo Lindgren, en la evaluación de imágenes y videos para determinar su veracidad, una tarea que el propio alumnado admite que resulta compleja.

Una colaboración sistémica para la democracia

El esfuerzo finlandés trasciende las paredes del aula. Los medios de comunicación juegan un rol activo, organizando anualmente la “Semana del Periódico”. En 2024, el diario Helsingin Sanomat colaboró en la distribución de un nuevo libro de alfabetización mediática para todos los jóvenes de 15 años del país. Jussi Pullinen, editor del periódico, enfatiza la importancia de que los medios sean vistos como fuentes de información verificada y transparente, realizadas por personas reales.

Este enfoque integral ha llevado a Finlandia a liderar regularmente el Índice Europeo de Alfabetización Mediática. El ministro de Educación, Anders Adlercreutz, reconoce que no se previó un mundo tan bombardeado por la desinformación, donde las instituciones democráticas se ven constantemente desafiadas. A medida que avanzamos hacia tecnologías más sofisticadas, como la IA agéntica, los expertos advierten que distinguir lo real de lo falso será cada vez más difícil, convirtiendo estas competencias no en un reemplazo del conocimiento académico, sino en una herramienta vital de supervivencia cívica.